Pero allí estaba yo, como siempre, a las nueve en punto en la cafetería de la esquina, escribiéndole notitas de amor en los márgenes del periódico, que más tarde, a las nueve y cuarto él leería sin imaginar que era yo quien las escribía. Ni siquiera sabía que yo existía.
Siempre entraba sonriendo, decía “Buenos días” y no hacía falta que pidiera nada, el camarero ya le preparaba su café y su croissant. Se lo servía al momento, y él con esa sonrisa cautivadora le daba las gracias. Oír su voz era como escuchar cantar a los ángeles, ese “Buenos días “y ese “Gracias” se quedaba grabado en mi cerebro y luego me torturaba todo el día.
Siempre se sentaba en la misma mesa, yo me colocaba de manera que pudiera observarlo sin ser vista. Mi mesa quedaba un poco escondida a un lado de la barra.
Lo observaba, sí, lo miraba detenidamente, estudiaba sus gestos, la manera de pasar las hojas del periódico, la forma de mover la cucharilla de café… ¡Dios mío! ¿Cómo se puede tener tanta elegancia?
Lo tenía que haber imaginado, un hombre tan guapo…
Al principio siempre se detenía a leer esas notas que yo escribía. Sonería, levantaba un poco la cabeza, miraba discretamente hacia los dos lados, y seguía leyendo. Ahora ni siquiera lee el periódico, está muy ocupado esperando la llamadita de teléfono.
Cada vez que recuerdo la escena me quedo bloqueada. Yo girando la esquina de la iglesia “Santa Maria del Mar”. La gente gritando “Vivan los novios” y tirando pétalos de rosas. ¡Qué bonito! ¡Una boda! ¡¡Vaya sorpresita!! Allí estaba él, con su esmoquin impecable, guapísimo a rabiar. No me lo puedo creer, se ha casado. Pero, ¿Dónde esta la novia? No veo a nadie vestida de blanco. A su lado sólo veo a un chico cogido del brazo, también es muy guapo…¡¡¡Ohhh nooo!!!
¿Cómo pudo ocurrir? ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Tenía que haberlo imaginado, un hombre tan guapo…
Mercedes García
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