Hoy es uno de esos días de invierno en que sopla un airecito que te hiela hasta los pensamientos. Me doy prisa y por fin bajo las escaleras que me llevan al andén del metro. Qué calentito que se está aquí. Las orejas y la nariz empiezan a dolerme del cambio de temperatura.
Comienzo a pasear por el silencioso andén de arriba abajo para no quedarme dormido, mientras observo a la gente que ocupa los bancos y los que están de pie apoyados contra la pared. Todos parecen maniquíes, con los ojos abiertos pero sin vida mirando a un punto en el infinito sin pestañear, sin cambiar el gesto de la cara ni la pose con la que se ha quedado sentado o apoyado.
Por fin se oye el chirriar de las ruedas sobre los raíles y ese sonido ronco que produce el metro dentro del túnel. De repente todo el mundo se ha puesto en pie y se dirige a unos puntos determinados del andén como si supieran dónde parará la puerta del vagón. Todos serios, callados y dando pequeños empujones muy sutiles como para decir “perdona pero entro yo primero”. Aún teniendo ese pequeño contacto, nadie se mira nadie dice nada todo el mundo piensa en sus cosas sin preocuparle nada más, solo entrar en el vagón y sentarse lo antes posible para seguir con sus pensamientos. Me limito a observar las pequeñas reacciones y gestos que sin palabras tienen los unos con los otros.
Al fin entro, como siempre el último, y para mi asombro queda un asiento libre al final del vagón. Me siento y observo a mis compañeros de asiento que siguen con sus miradas perdidas. Decido sacar el libro que tengo en la mochila para poder desconectarme yo también “El Viaje a
Me sumerjo en la lectura sin más vacilación y es como encerrarse en una cúpula en donde todo mi alrededor pasa inadvertido y casi no se oye ningún ruido. Entre el traqueteo del metro y con la ayuda de Punset entro en un estado de semiletargo. Entre sueños escucho como la megafonía anuncia la próxima estación: Bogatell. Bien, me pongo más cómodo pensando que todavía me quedan cinco paradas para llegar a Paseo de Gracia y hacer transbordo por ese pasillo interminable que no se acaba nunca. Con ese ir y venir de gentes, todos en silencio, todos a un ritmo muy similar y que me recuerda mucho al video de Pink Floid “The Wall”, cuando un ejército de martillos desfilan todos en formación. Pero bueno, todavía me quedan cinco paradas.
De pronto, noto como alguien comienza a empujarme y me agarra del brazo. Abro poco a poco los ojos para ver de qué se trata pero no distingo muy bien quién es. La luz del vagón está apagada y sólo funcionan las luces de emergencia. Miro de reojo a la persona que me está sujetando: ¡una chica! Tenía la mirada clavada al frente. Sigo haciéndome el dormido y sin retirar el brazo, acerco mi cabeza a la suya y le susurro al oído.
- ¿Se puede saber qué es lo que buscas?
- Perdona, no pretendía molestarte (contesta un poco nerviosa), pero hace un rato que estamos parados y no me gusta cómo me miran esos tíos de allí, los que están sentados y he pensado que si te cogía del brazo parecería que íbamos juntos.
- ¿Parados?, ¿Dónde?, ¿Han dicho algo por megafonía?
- Tranquilo, que no pasa nada.
- ¿Tranquilo? ¡Mierda!, seguro que llego tarde al trabajo otra vez.
- Seguro que enseguida se arregla.
- Sí, seguro. Este mes llevo ya cuatro retrasos en el curro, pero bueno qué le vamos a hacer. Por cierto, ya que estaremos aquí un rato me presentaré, yo me llamo Jordi ¿Y tú?
- Ana. Oye, perdona por lo de antes pero como me miraban así y tú eres el único que conozco de verte todos los días, claro, creí que no te importaría.
Me quedé perplejo por lo que me estaba diciendo. No pensé nunca que una chica como ella se pudiera fijar en un piltrafilla como yo y mucho menos pedirme que la auxilie, puesto que Ana me sacaba dos palmos, sin contar con los tacones de doce centímetros que llevaba. Tenía la melena lisa hasta media espalda y muy bien cuidada, supongo que de peluquería, y vestía un traje de falda y chaqueta que por la caída de la tela tenía que ser caro.
- No te preocupes, por favor, de verdad que no importa. Entonces, ¿dónde dices que nos hemos parado? -Sin dejar de agarrarle el brazo, esperé que me contestara. Ella sin hacer amago alguno de retirarlo me contestó.
- Entre Bogatell y Vila Olímpica.
Yo no dejaba de pensar en la bronca que me caería al entrar por la puerta del curro, pero por otro lado, no quería que se acabara esa situación.
Seguimos conversando a oscuras durante media hora, hasta que las luces del vagón se encendieron y por fin pude contemplar el rostro de Ana. Era, quizás, la chica más atractiva que había conocido nunca. No era de una belleza espectacular, pero tenía un no sé qué, algo. No podía dejar de mirarla. Ella también me miraba sin decir palabra. El metro arrancó sin previo aviso y nuestros cuerpos chocaron entre sí. Nos miramos de nuevo y ella me dijo.
- Hace tiempo que te observo y me parecías un buen chico. Me alegro de conocerte al fin.
Se levantó y se dirigió a la puerta de salida. Yo sólo podía mirarla, sin dejar de pensar en lo que me estaba sucediendo y no supe qué hacer en ese momento.
Cuando el metro se detuvo y se abrieron las puertas, ella bajó del vagón sin mirar atrás. De repente salté de mi asiento como un resorte y la llamé a gritos por su nombre. Ella se giró y me miró como esperando alguna cosa. La cogí del brazo y le pregunté.
_ ¿Quieres hacer una locura?
Me sonrió y salimos los dos juntos del andén. Llovía, pero no importaba, y así emprendimos nuestro viaje a la felicidad.
Carlos Ragel Viciana.
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